Yo mido al tiempo,
no él a mí.
Lo he medido
con el fémur de los troncos,
con sonatas y paisajes.
Lo he sopesado con memorias
y exóticos bocados,
con la filosa bayoneta
de un cascanueces
caído en la batalla.
Lo he diametrado con lágrimas
y cavilaciones,
con nebrinas destiladas
en tinajas de amatista.
Lo he calculado a mi manera,
con el flexómetro de mis percepciones,
y he estrellando su carátula
empañada de insomnios,
de hipérbolas y péndulos.
He calibrado al tiempo,
sí,
con todo y manecillas
y la gangrena propia de su óxido.
A su infame minutero
que acumula sangre a cuentagotas
a lo largo de una vara.
Yo no dependo
de un vulgar cronómetro para ser,
no,
tampoco de un hilo de arena
para dejar de ser.
Yo no dependo
del miserable marcaje
de un reloj en la muñeca,
ni mucho menos,
del vigilante suizo en la