lunes, 28 de septiembre de 2026

TIRESIAS

  

Soy un hombre de ciclos y de símbolos, 

un jaguar con el espinazo moteado de abismos.

El ojo, la pluma y la escama 

dando forma a la serpiente

que se eleva con el ímpetu de géiser 

a gracia de un vapor inmensurable. 

Soy el que mete un sarcófago a la fiesta,

el orquestador de los silencios, 

y el discreto apóstata sin crucifijo.

Un ente que dormita entre las rosas 

acumulando entendimiento 

sobre la brusquedad de los cuerpos

y su minúscula postura.

Alguien que ha deletreado su nombre 

entre los restos de un epígrafe 

y quien ha girado como los derviches

o como una vieja pirinola que al caer siempre decreta:

"Todos ponen". 

Soy de los que se horrorizan más con el hastío 

que con el diablo

y por eso se me han señalado 

de andar coqueteando con la nada

cuando se espesa mi presencia.

La mentira está en la gran espiral 

de mi gen, como en la de todos, 

en la raíz de cada una de mis lenguas.

Al morder una muscaria

logré alquimizar mis vaticinios. 

El horizonte fue mi maestro,

el trino de la brisa y el minutero. 

He sido discípulo de embalsamadores, 

de gitanos y anodinos,

de las tuzas cuando dormitan 

en el útero pequeño de una nuez.

He sido un gran desmenuzador de metáforas, lo admito,

que se acurrucan en su propio hueco,

quimeras a las que les quito su pelambre

con los dientes.

La poesía lo atraviesa todo y lo padezco,

soy testigo de mi desahogo,

porque alguna vez hice acuerdos,

pactos de lluvia, pactos de sangre 

y pactos de rojas palabras,

por eso he sido un laudero entre las brasas

con un paliacate en mi cuello,

de trazos árabescos, 

empapado por los bordes de sudor.

Sigo siendo un desterrado, 

un explorador de percepciones

arrinconado 

en las compuertas de lo imposible,

El hombre que heredó 

la romántica ceguera de Tiresias,

pues he dispersado mi conocimiento 

como las flores dispersan su perfume  

sin pedirles nada a cambio.