Un laudero entre las brasas
con un paliacate rojo
y líneas árabescas
empapadas de sudor.
Mi
porvenir fue revelado
por el
paladar de la sibila,
mis anhelos
descubiertos
por el
ojo de la völva
en su
mántico arrebato.
El andar
de cada paso
fue
trazado en una playa
por una
frisia de Gitania.
Hechicera
fue de mí,
con sus
poses seductoras,
aceptando
toda rosa con espinas,
poción de
cada sueño triturado
y depuesto
en el frasco de su vulva.
Su
nombre era Melanie o Medea,
quizás
la dupla,
quiromante
consumada
descendiente
de mandrágoras.
A ella
debo
el
erizamiento de mis poros
antes de
venir la primavera.
A ella
debo,
la
violencia de mi pulso
resonando
hasta la fecha.
La
simetría de su rostro
y el
dorado de sus trenzas
en los
mosaicos de mi temple.
A ella
debo
la
absolución de sus caderas
y una
mirada dilatada
en el
tornasol de nebulosas
dispersando
cada cúmulo de sal
y de
muérdagos resecos.
Su
perfume delicado a hierro
descendió
gozoso por su muslo,
menarca
de simientes,
que en
el gris limítrofe
la dicha
y la agonía mezclan.
No era
el caldero de mis versos,
sino el
desquicio en el espejo
delineando
el rimel de sus ojos
al replicar
mi lujuria sin castigo,
Porque
la vida nos otorga gracia
pero
también nos la arrebata
junto a
todo lo que amamos,
y lanza
sus dados
y sus
equivalencias
a la
estera de los brujos.
En
estado de premonición
he
imaginado acariciar
la
blancura de su pelo
por
última vez,
pues
también yo leo el futuro
y veo
una cabaña solitaria
con dos
montículos de huesos
aún queriéndose
en silencio.
Fruto lítico,
dátil de cuarzo,
avellana pura de silencio,
Quisiera el derecho de las piedras
al "ius sanguini" por nacimiento
y a contemplar las horas
desde mi caverna de prismas inversos.
Quisiera adquirir su triangular postura
para acoger al fuego a medio bosque
y olvidarme de todo.
Disponer del privilegio de ocupar
cualquier espacio de la calle
sin pagarle piso a nadie,
o a ser lanzado
sin preocuparme del peaje.
Sumarme, en definitiva,
al pedregal de un pueblo
y ser apilado en los caminos.
Quisiera la libertad de las piedras
para dormirme en cualquier esquina
sin quebrantar el orden público.
Piedra inútil, piedra hermosa,
piedra sobre piedra edificante.
Quisiera su templanza,
pero sobre todo,
su resignación,
por el espacio que queda
entre las piedras de la grava,
espacio que el vacío
ha colmado con su reino.
Quisiera su indiferencia,
al escuchar el griterío de los pájaros
bajo el asedio del tlacuache
y quedarme sin hacer nada.
Escuchar los lamentos del Oriente,
viendo pasar las carrozas con cadáveres
y quedarme sin hacer nada.
Siendo piedra,
le diría al hombre:
"calla para que te vea".
Siendo piedra
mantendría distancia
de esos seres tan mezquinos
ciegos de su poquedad,
pues les daría parálisis del sueño
y letargos en vigilia
si admitieran su desmoronamiento.
Sus blandos intestinos colapsarían,
impotentes,
como guijarros arrastrados
por la violencia de los ríos.
Quisiera ser como las piedras
ajenas a la vanidad de la carne
y a las etiquetas,
sin pulimento de su rostro y sin nombre,
pues "el infierno son los otros",
son sus egos,
somos todos,
y por eso mismo,
sería mucho mejor
haber nacido como piedra.
A Camelia García A., en su sueño perpetuo
y por la sincronicidad poética revelada.
Así como la luz
transpira en la materia
imitando al oyamel
y la avidez del rojo,
cava de la arteria,
con sus álgidas
canciones
en cuya redondez del
ojo y su oropel,
te dormiste a mi
costado
dejándome una blanca
estrella sepultada.
Así como la luz
habita en la materia
radicada en su grueso
muro de silencio,
convocada fuiste para
el relevo al fin
del ígneo sol y sus múltiples
suplicios,
a medio loto y al vasto azul de este planeta.
Una mancha granadina sobre
el mantel
esbozó dos rostros
debajo de la vela
alumbrando nuestro
ensueño.
Fuimos gotas que en
la brisa se reencuentran
junto a un
colibridero de ángeles caídos
ninguneados todos
ante tu presencia.
Los arcanos viles
dejaron de acecharte
para renacer jubilosa
la poeta,
así como la luz
renace en la materia.
Al heroico pueblo de Persia
Si haber elegido la paz
no fuera suficiente,
regresa el golpe doble
a quien lacere tu mejilla.
No solo en la mejilla,
sino a lo largo de su mandíbula.
No solo la mandíbula y sus molares,
sino las vértebras que sostienen la cabeza
hasta enfriar la rabia de sus sienes.
Por cada diente tuyo
un ojo de su cara
hasta que te deba ojos.
Que el hueco de su cráneo
sea el último saldo
y cada hueso en su osamenta
compense las afrentas.
Demuéstrale
que el ajenjo sublingual
y el coágulo en su tinta
serán su única cena.
Sangre de padres, madres e hijos,
sangre derramada en los cauces
del oasis bombardeado
y el llanto resiliente de los niños.
No es venganza,
ni amor por la violencia,
es el equilibrio de la ojiva
en la espina de la zarza.
No es venganza, no lo es.
Es el deber de todo ser
que se aferra con su aliento
a la dicha de los soles.
Es la pequeñez de las aldeas
ante el odio del imperio .
No es venganza, no lo es,
es la densa lluvia de vinagre
carcomiendo los muros del lamento.
No se dialoga con la violencia, no.
Tampoco se solapan los cuchillos.
Que sea el dron el que se inmola
en las cúpulas doradas
y su broquel de láser doblegado.
Si no se ofende a quien ofende,
cualquiera puede ser la víctima y esclavo
en el hocico del caníbal.
Por eso,
arranca dos dientes
por el que te han arrancado,
extirpa dos ojos
por el que te han extirpado,
pues la balanza está truqueada
y no habrá reparación del daño
ni resarcimiento de tu aura
por la venia de los jueces.
El añico, la astilla y la rebaba,
el chispazo de un pueblo indoblegable
hasta mellar los dientes extranjeros.
Un ojo tuyo por un diente mío
a la primera amenaza.
Un diente por todo el cráneo
de la burlesca calavera,
pues con la muerte no se juega
ni se acuerda.
¡A la muerte se le da muerte
antes de que se corone!
No es que sea justicia,
pero se acerca.
Hasta la alegría aburre,
por ello,
se le debe ganar el paso al infierno
y a los ciclos pálidos con bucles,
a la infame repetición de las formas
y sus insípidas canciones.
Hasta la libertad aburre,
y el vagabundo lo sabe.
El óxido en el grillete lo intuye
y las isadas velas
al carecer de motivos.
El astrolabio vuelto loco
se ha agotado
de andar por nuevos mundos.
Hasta el amor aburre
en las iglesias, los bares
y los bacanales.
Se autofastidia de miel
provocando lo vacuo
que invoca ante la duna
y toda su gravilla.
Incluso los mares,
los benditos mares
con su perpetuidad de ola,
también nos matan de rutina.
Hasta el sexo aburre,
aunque entrelazados
doblemente fuertes somos,
musa y poeta a la par,
doblemente hastiados entre sí.
Nuestro tejido se irrita y se martaja,
es lamento acitronado,
una pila de huesos y sueños
untados de ceniza.
Solo un rey sin reino
lo entendería.
un rey con náuseas
en una tierra absurda
repleta de bufones y burgueses.
Días hay
que ni la palabra se yergue.
Días de cruda somnolencia
en cada gema en la corona
que hasta la felicidad fastidia.
Qué tedio
ver crecer al pasto tierno
bajo nuestra suela.
Qué tedio
mirar envejecer al otro
y ufanarse de sus hijos,
de su amante, de su casa,
como si todo eso
no se pudriera bajo el cielo
con el sopor de la derrota.
Los muertos nos hablan
para quejarse de su gran hastío.
Nos hablan quedamente
sin añorar la vida de los vivos
porque nuestro letargo los asquea.
Perciben la quejumbre
y la desazón pegada
al cuero de las cosas.
Perciben nuestro cuerpo roto
entre sepias y grisallas.
Por eso,
siempre algo de sensual
habrá en la agonía,
ya que anuncia el fin
de los hartazgos.
Algo de dicha habrá
en doblegar el tallo de una flor
hasta asfixiarla
y exprimirle
los topacios de su dicha.
(Hasta la poesía aburre).