Soy un hombre de ciclos y de símbolos,
un jaguar con el espinazo moteado de abismos.
El ojo, la pluma y la escama
dando forma a la serpiente
que se eleva con el ímpetu del géiser
y a gracia de un vapor inmensurable.
Soy el que mete un sarcófago a la fiesta,
un orquestador de los silencios,
el discreto apóstata sin crucifijo.
Un ente que dormita entre las rosas
acumulando entendimiento
acerca de la brusquedad de nuestros cuerpos
y su minúscula sustancia.
Alguien que ha deletreado su propio nombre
en las tripas de un epígrafe
y quien gira como los derviches,
o como la vieja pirinola que al caer decreta:
"Todos ponen".
Soy de los que se horrorizan más con el hastío
que con el diablo
y por eso me señalan
de andarle coqueteando a los vacíos
cuando se espesa mi presencia.
Mentir está en mi gran espiral,
en mi gen y en el gen del mundo,
en la raíz de cada una de las lenguas.
Al morder una muscaria
pude alquimizar mis predicciones.
El horizonte fue mi maestro,
los timbales de la brizna y el minutero.
He sido discípulo de embalsamadores,
de gitanos y anodinos,
de las tuzas cuando dormitan
en el útero pequeño de la nuez.
He sido un gran desmenuzador de metáforas,
lo admito,
quien se acurruca en su propio hueco.
Un desollador de múltiples quimeras
a las que les he quitado su pelambre
con los dientes.
La poesía lo atraviesa todo
y todo lo padezco.
Soy testigo de ese desahogo,
porque alguna vez yo hice acuerdos,
pactos de lluvia, pactos de sangre
y pactos de rojas palabras,
por eso soy un laudero entre las brasas
con un paliacate en el cuello,
de trazos arabescos
y zurcido por los bordes.
Sigo siendo un desterrado,
un explorador de percepciones
arrinconado en las compuertas
de lo mágico e imposible,
El hombre que heredó
la romántica ceguera de Tiresias,
pues he dispersado mi conocimiento
como las flores dispersan su perfume
sin pedirles nada a cambio.
