jueves, 26 de febrero de 2026

GRISALLAS

.                                                Huayacocotla, Veracruz. 2026 

Hasta la alegría aburre.

Por ello,

se le debe ganar el paso al infierno 

y a los ciclos pálidos con bucles,

a la infame repetición de las formas 

y sus insípidas canciones. 


Hasta el amor aburre.

En las iglesias, los bares 

y los bacanales.

Se autofastidia de miel

provocando lo vacuo

que invoca ante la duna 

y toda su gravilla. 

Incluso los mares,

los benditos mares

con su perpetuidad de ola,

también nos matan de rutina. 


Hasta el sexo aburre.

Aunque entrelazados 

doblemente fuertes somos,

musa y poeta a la par,

doblemente hastiados entre sí. 

Nuestro tejido se martaja, 

es lamento acitronado,

una pila de huesos y sueños

untados de ceniza. 


Solo un rey sin reino

lo entendería. 

un rey con náuseas 

en una tierra absurda 

repleta de burgueses y bufones. 

Días hay 

que ni la palabra se yergue.

Días de cruda somnolencia 

en cada gema en la corona 

que hasta la felicidad fastidia.


Qué tedio 

ver crecer al pasto tierno 

bajo nuestra suela. 

Qué tedio 

mirar envejecer al otro

y ufanarse de sus hijos, 

de su amante, de su casa,

como si todo eso 

no se pudriera bajo el cielo   

con el sopor de la derrota.


Nos hablan los muertos,

para quejarse de su gran hastío.

Nos hablan quedamente

sin añorar la vida de los vivos

porque nuestro letargo los asquea. 

Perciben la quejumbre 

y la desazón pegada 

al cuero de las cosas.

Perciben nuestro cuerpo roto 

entre sepias y grisallas. 


Por eso,

siempre algo de sensual 

habrá en la agonía,

ya que anuncia el fin 

de los hartazgos.

Algo de dicha habrá

en doblegar el tallo de una flor 

hasta asfixiarla 

y exprimirle 

los topacios de una dicha 

desecada en la gamusa. 


Y, a pesar de su belleza, 

hasta la poesía aburre. 


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