La nuez
o todas las puertas cerradas
y todos los odios decretados
con las runas de mi nombre
entre sus dientes,
dientes triturándose,
expeliendo la gravilla
que arrojan de su criba.
La rebaba que deja su rencor
y la bifidez del ardor ajeno
tan solo al verme.
La irremediable verdad
de lo que no se mueve
y que se hunde.
Pero yo,
sigo bailando
en la gamusa de los pétalos,
al claror de las mañanas.
Soberano de mi silencio
y de una revoltura
de magentas
en el halo del eclipse.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario