Los poeta abisales
son luciérnagas con marcas,
entes que de la oscuridad hicieron
un islote inconquistable.
Con las uñas rasparon
la pared de su mazmorra,
el grosor del escombro en la palabra
y la manta vitelina del ovoide.
Conocieron la música antes que las aves,
el aroma de los cirros del poniente
junto al añil de lo profundo.
Vislumbraron
el deslave de la geometría
con su dedo índice en la arena,
dibujando su propio rostro
al compás de la espuma entre las olas.
Solo los poetas abisales
le han hecho el amor a la luna
con icónica violencia.
Son fragua de sí mismos,
en la que recrean su astronomía,
los ungidos en amonio.
Solo ellos conocen
el momento justo
para desprender el fruto de la rama
sin que caiga al pudridero.
Antes de que hubiera videntes
hubo poetas abisales.
Mucho antes de que hubiera druidas,
reyes y tlatoanis,
profetas y alquimistas,
hubo un poeta nacido en el hadal
que aventajaba a todos
en premonición.
Era un caminante
de rústicos senderos.
Propagaba versos con paciencia,
paciencia misma
que fue doctrina del abismo.
Viajaba cuesta abajo como arroyo
pepenando las moronas de la luz
antes de izar y encender
su linterna diminuta.
Suficiente trifosfato en chispa,
un tercer ojo
para delimitar su presencia
de la vasta oscuridad.
Alados son esos poetas
para acoplarse al aire.
Memoria diluida
en manojos de memorias
como holograma entre la niebla.
El poeta abisal
desama a su prójimo
con la sencillez que se merece,
porque un ciudadano promedio
equivale a un rastrero del infierno
o al perro guardián de la oficina
donde terminan succionando
la melaza de los sueños.
El credo de los abisales
es el témpano
y la rigidez de la florita.
Un triturar de uña contra uña
a la odiosa pulga de la almohada.
Algunos dicen
que su patria es Mitilene,
otros que Palenque.
Que su clavícula es balanza,
columpiando sobre ella,
un sol chapeado de rubíes.
Salomónicos son,
proverbiales y medrosos.
Abogan por la herrumbre
que deambula entre sus venas
y ese olor a tierra
y a electrón ahumado
en la comisura del herraje.
Abogan,
por lo distante y por lo opuesto,
por la amistad
entre el hierro y el aceite.
Los poetas abisales sopesan
a su majestad el dolor,
como la tortuga lo hace
con su corazón despostillado
en el filo de las rocas.
Su escenario gira y gira,
y se arremolina entre recodos,
tiritando en su mente
un país de enanos.
Allá,
en las faldas del horizonte,
ellos timbran los bambúes
y las finas telarañas del zacate.
Maldicen las cavernas
que no musita la vocales
que no se hacinan en su lengua.
La contemplación les viene
sin necesidad del floripondio
o la ayahuasca,
pues su paz es cultivada
en compañía de colibríes.
En sus viajes,
dejan desgastado al mundo
y sus mutaciones,
más que al caucho de sus ruedas
o al tensor de su mochila.
Cuando sus voces no retumban,
esos poetas ofrecen a lo alto
su sémola y su fruto,
cierta teología luminiscente
y los tambores de su furia
atravesando las montañas.
Los poetas abisales
han llevado sus versos
a la cima del teocalli
y al trono rojo de tezontle,
que al final de su gloriosa senda,
elevan sobre el tepetate
transitando
con variados nombres.
Ninguno
con la suficiente argamasa
para mantenerse a su lado.
Ninguno digno y elevado.
Ese tipo de poeta
es un espigador de signos,
un incrustador de la navaja
al rajar los alfabetos
y salvarse a sí
cuando pasa en su garganta
el filoso brillo
culminante de su viaje.
Ellos cultivan la depravación,
la suprema libertad y el doblaje
sin rendirle cuentas al destino.
Yo conocí a un poeta del abismo,
uno que nació y murió
un día como hoy.
Fugaz como la bruma,
dichoso
como una luciérnaga
al caer la noche.

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