jueves, 30 de julio de 2020

AL FRÍVOLO LATIDO

A tu pose estoy atento,

a la maquillada imagen

en cinco pulgadas de leds.

Al meñique de sangre azul

para abotagar las vanidades.

Sigo tu burda sonrisa,

la pretensión ociosa de tus labios

que esconden el esqueleto de la Hidra

en una foto truculenta.

Labios que muestran su tersura soporosa

su descarnamiento

en los minutos y las horas

reventadas en la pantalla.

Porque idolatramos las apariencias,

el músculo ceroso con la zapatilla limpia

cobijada por unas medias rotas,

o la barba repleta de ácaros

demarcando su tenue territorio.

El labial escurriendo

bajo los roseabundos colores

de tu postiza cabellera.

Adoramos esta época siniestra.

La idolatramos más que nunca,

ansiamos ser reverenciados.

Entre más pulida esté

la caricatura infame de nuestra imagen

reviramos diariamente ante el espejo.

Nos sentimos reyes y doncellas

pero en vez de reinos hay basureros,

castillos sustitutos, termiteros de estiércol;

no de cartas, sino de plásticos raídos.

Recorremos

la alfombra de la podredumbre interna.

Nos miran, se llevan la mano a la boca,

abren más sus ojos, cuchichean.

Nos miran en la pulcra pasarela,

pero son otros cadáveres que miran

y que aplauden.

Es hermoso este mundo decadente.

Frívolo y fantástico,

justo a nuestra imagen hecho.


martes, 30 de junio de 2020

NADA FUE DE TI

Cuando te vayas

tu vaso seguirá aquí.

La luna seguirá allí,

tu libro, tu almohada,

porque en realidad,

nada fue de ti.

 

Cuando te vayas

habrá un minuto de cantares,

de las aves que no lograste asesinar,

un crepitar de bosque

que el hacha no decapitó,

porque en realidad,

nada fue de ti.

 

Cuando te vayas

se despojarán del grillete

los seres que no lograste someter.

Las lagunas que no pudiste envenenar

reflejaran la media luna jubilosas,

porque en realidad,

nada fue de ti.

 

Cuando te vayas

retornarán las luciérnagas

a la plenitud de las noches

y cada trozo de nube

que no pudiste deshilar,

porque en verdad,

nada fue de ti.

 


sábado, 30 de mayo de 2020

ANDRAJOSA


Se eclipsará

cada luciérnaga maravillosa 

en las picas del salvaje trigo, 

en cada grano triturado,

hasta destazar el titilo de su luz.

Arrojará al mortero 

la liviana cordura que le sobra...

Porque 

andrajosa anda la muerte

queriendo tomar el hilo de su brazo.

Quebrará su insecta voz

lejos de la copa arbórea 

donde suele refugiarse.

Morirá de sed como el filósofo,

de una sed terrible de conocimiento.


Andrajosa anda la muerte 

y vendrá 

por cada luciérnaga perdida

en medio de la noche.

jueves, 30 de abril de 2020

LA ROTURA

Es posible que la vida transcurra

fuera de mí,

que haya sido expulsada

por la garganta fría de una boa.

Es posible que me haya abandonado

como los gorriones

cuando dejan el nido desecho

por un granizo metrallado

desde arriba.

Me dejas desnudo aquí,

para ser espectro vigilante,

protector del caos,

un paciente anacoreta

en espera del derrumbe.

Soy esa rotura en la porcelana

que consterna a quien la mira

por sus intrincados centelleos

de relámpago hecho miniatura.

Me has dejado

al margen de una lápida

junto a un tulipan negro

y una flauta quebradiza.

Tirado en la orilla

de ese brevisimo oleaje

de los charcos arcillosos.

No soy un poeta,

soy una pluma que danza

mientras el rocío dispersa

su música inaudita.

Vida, te disipas

en la exactitud de la grieta

que se truena

abriéndose camino

dentro de mí,

pedazo a pedazo.

martes, 31 de marzo de 2020

CANÍCULA


La primavera trajo
su canícula incendiaria,
su fuego crepuscular
que sentenció
a cada cabizbajo narciso
al encierro,
llevando en la frente
su testimonio de oquedad
a media sombra...
Del espejo les extrajo
el relamido escombro
de felino agazapado en un rincón,
mientras,
en rústico aislamiento,
ellos eran fustigados
por los rumores de lo oscuro .
Las piedras meditaban
a la orilla del asfalto,
en las serranías enclaustradas bajo el cielo
donde la perpetuidad del polvo
los reclama con su furia.
Tras las rejas de las casas,
celdas perpendiculares,
los cuerpos se agazaparon
como la uña rota,
como la roja herida,
temblorosos y pequeños,
irradiando sus pantallas en la palma
con aquella fantasía lejana
y los vestigios pesticidas
cosquielleando en la oreja 
del burgués,
haciéndole creer
que su permanencia es cierta,
que su vanagloria pesa,
siendo duradera,
sin haber demostrado jamás,
de manera fiel,
su mérito frente a los oráculos,
sin haber abandonado nunca
su porcino cuero
y el maquillaje cotidiano
que unta sobre el párpado.

Entre el agrio aliento de la peste,
estaban los otros.
Ningún temor sintieron
los que sabían que a su costado
se revuelca el infinito,
la sigilosa nada tras
el insistente grito del vacío.
Algunos le dimos la bienvenida
a las huestes del futuro,
a cada pulga infecta
y a cada diminuto óvulo
mercenario del silencio.
Así,
gato y hombre,
erguidos como la magra noche,
pasearon en sus señoríos
de calma citadina
sobre esa perezosa oruga
queriendo salir del ataúd
y que ha dejado de comer 
por cuarenta y tantos días.
Ambos caminantes,
hombre y gato
esperan,
cautelosos,
a que la muerte
se evapore bajo el sol
al igual que la salada espuma
cuando los mares la disipan.

sábado, 29 de febrero de 2020

AROMA LÁCTEO

Aún sostengo

una leve afición por el vacío

y el té de menta.

Mientras ejerzo la escritura,

arrastro toda letra

de atrás hacia adelante,

y las musito tiernamente.

Gotea mi pluma

aromas lácteos y terrosos

bajo la almohada.

La vigorosa tinta yo expulso

de mi cálamo punzante

y el almizcle de mi verbo.

Ascua de carne

humedad galvanizada.

Una glándula en su valva

respirando hondo, inabarcable.

Prístino es mi trance

con la palabra diurna.

Un amanecer entrecortado

bajo la luz naciente.

Ambivalencia creciente

en el diámetro modesto 

de la pupila que arde.

Avanzar es un ir hacia el origen.

Escribir es un espejo,

Una vuelta, es un eco

de la voz desparpajada

en inhóspitas blancuras.

Leerse a uno mismo

es un ir hacia las sombras.

 

domingo, 29 de diciembre de 2019

CORAZÓN DE VIENTO



                              Con profunda admiración
                                          para el maestro, poeta y amigo
                                          Enrique González Rojo Arthur

Poeta es quien sostiene
un muro de luz en sus hombros
antes de que nos aplaste
con su luminoso estruendo.
Poeta es quien juega
con los perfiles de su sombra
y deja pasar a través de su pecho
las tímidas formas de lo oscuro,
y quien ha inventado
las siluetas de un fruto vocal
antes de morder con hambre
la frescura del durazno.

¿En qué desgastada órbita del átomo
se estará buscando el poeta
para volverse despiadadamente etéreo?
¿Por qué chirría su voz en este plano
como un leve rasguño
en el vidrio de los lagos quietos?
Hay una cicatriz incompleta
bañada de cuarzos peregrinos
en las memorias más añejas de su pluma.
Lo desbocan
en una anchurosa cascada de ilusiones.

El poeta mira y se pregunta
si los demás son capaces
de llenarse a sorbos con el sol de la mañana,
o de bañarse con la luna
en los campos del silencio.
Nadie tiene la fehaciente prueba de vivir
si no es por la contundencia 
del aleteo de un colibrí extasiado 
de arcoiris en sus manos. 
Uno es de donde el corazón se arraiga,
pero el corazón del poeta no se separa del viento.
Es una tenue cascabilla
que desde el aire avizora
las tragedias de los beodos,
de esos que no saben
cómo desprender sus pies
del lodo ambiguo de sus nombres
y se polvean la nariz mirando abajo,
a los charcos temblorosos de las calles.
En ese acantilado de quimeras fluorescentes
y fétidos neones
donde se regocijan tan insomnes
en hamacas disolutas.
 
Después de que los olmos
se llenen de canas doradas, angulares,
el árbol envejecerá de la mano del poeta,
para jamás dejar que su hueso
se quebrante a solas,
o que el tiempo,
reanude su ritual caníbal.
El poeta se añeja con poesía
y retoma la sacra primavera
cuando quiere regresar
al momento lúcido de infancia,
gloriosa de tanto color sobre las flores,
encendidas por un astro adolescente.

Al poeta no le importa
si el índice de Zeus con sus voltios
lo inocula con su fuego,
o que XipeTótec lo desolle a pausas
con la daga negra al final de su muñeca.
El bardo deja que Láquesis
le deshebre sus horas
tan dulcemente sustentadas,
como el pasivo gorrión oculto entre la malva.

De no ser por el don de los poetas
que desde su piel inalterable
nos guían por el sendero de lo real,
todo lo etéreo, desde su transparencia,
dejaría que las cosas
nos parecieran una miga inacabada.



                            - Hans Giébe
                               CDMX, 27 de diciembre 2019