He preferido,
la belleza de la decadencia
a la belleza del progreso.
A los pájaros que se inmolan
en la nitidez del parabrisas.
A los clavos de mi palma
que al pan hurtado y las monedas.
He preferido,
mi camastro de arañas secas
que el confort de la gamusa.
A los juglares salomónicos
por ser intermediarios
de santos y homicidas.
Les he dado prioridad
a esos trovadores
que harían palidecer a la centella
dando resplandor a toda bruma
al rasgar sus mandolinas.
He preferido mi aliento
engarruñado en los acordes
por una dádiva del orbe,
pues la gravedad es al insecto
lo que el mineral a las astillas,
y lo vacuo es a nosotros
lo que el sueño es a la brisa.
Porque, en cierto momento,
se habrá de desmigar el mundo
y habré de preferir el limo
que a los peces que lo hurgan
para alimentar su presencia.
Todo se atraviesa y nos traspasa
siendo uno en cada cuerpo
con precisión de minutero
cuando las cosas se perfilan
a pudrirse.
Porque son las pérdidas,
mas no las alegrías,
las que nos hacen celebrar
el júbilo alcanzado.
Por eso y más,
he preferido inhalar del aire
sus potros desbocados
que resuellan de agonia.
A recibir la lluvia
con los pies sobre la hierba.
A perforar las flores
de la entrepierna de las musas
y a regocijarme
mientras un terregal me sepulta
en completa desnudez.
A catar a solas
el último sorbo de vino,
el del hastío,
en total disipación.
Porque todo corazón
debe estar dispuesto
a herir o a ser herido
y a convertir lo inevitable
en oasis revelado.
Debe estar dispuesto,
asimismo,
a alcanzar la plena madurez
y a dominar la danza de los fuegos
a mitad de la penumbra,
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