Hasta la alegría aburre.
Por ello,
se le debe ganar el paso al infierno
y a los ciclos pálidos con bucles,
a la infame repetición de las formas
y sus insípidas canciones.
Hasta el amor aburre.
En las iglesias, los bares
y los bacanales.
Se autofastidia de miel
provocando lo vacuo
que invoca ante la duna
y toda su gravilla.
Incluso los mares,
los benditos mares
con su perpetuidad de ola,
también nos matan de rutina.
Hasta el sexo aburre.
Aunque entrelazados
doblemente fuertes somos,
musa y poeta a la par,
doblemente hastiados entre sí.
Nuestro tejido se martaja,
es lamento acitronado,
una pila de huesos y sueños
untados de ceniza.
Solo un rey sin reino
lo entendería.
un rey con náuseas
en una tierra absurda
repleta de burgueses y bufones.
Días hay
que ni la palabra se yergue.
Días de cruda somnolencia
en cada gema en la corona
que hasta la felicidad fastidia.
Qué tedio
ver crecer al pasto tierno
bajo nuestra suela.
Qué tedio
mirar envejecer al otro
y ufanarse de sus hijos,
de su amante, de su casa,
como si todo eso
no se pudriera bajo el cielo
con el sopor de la derrota.
Nos hablan los muertos,
para quejarse de su gran hastío.
Nos hablan quedamente
sin añorar la vida de los vivos
porque nuestro letargo los asquea.
Perciben la quejumbre
y la desazón pegada
al cuero de las cosas.
Perciben nuestro cuerpo roto
entre sepias y grisallas.
Por eso,
siempre algo de sensual
habrá en la agonía,
ya que anuncia el fin
de los hartazgos.
Algo de dicha habrá
en doblegar el tallo de una flor
hasta asfixiarla
y exprimirle
los topacios de una dicha
desecada en la gamusa.
Y, a pesar de su belleza,
hasta la poesía aburre.
