Toda mi rabia
incrustada bajo el párpado
es un aguijonazo contra el olvido,
porque cosa menor es odiar
la carne que ostenta otro nombre
y cosa menor es odiar al país
que menosprecia al migrante
por motivos de clase.
Toda mi rabia
es por la impotencia ante lo perpetuo
por la envidia que le tengo a las piedras,
pues nada puedo sujetar a mi presencia.
Mis odios se estancan,
se llenan de lama,
se envenenan
para encalabernar
a las olas y los crisantemos.
Toda mi rabia
es por cada palabra que he extraviado,
por cada verso que se me deshizo entre los labios
y cada poema corbonizado
en la yema de mis dedos.
Jamás he odiado tanto
como a ese verbo que se extravía.
Jamás he odiado tanto
como a la letra que se han difuminado
por propia voluntad
en las blancas sábanas.
Todos mis odios consisten
a razón del verso arrebatado
por la pantalla,
por las sutiles bromas
dibujando su burlona mueca
en la infame estática del monitor.
Toda mi rabia se acumula
cuando imagino mi ausencia
y no encuentro las vísceras de cada silaba
por la torpeza o por fastidio.
Me enrabio doblemente,
porque quizás sea yo mismo
extrañándome antes de estar ausente.