Thursday, 30 July 2020

Imperceptible


Amar calladamente
como lo hacen las flores,
guardando su perfume
primigenio
que sólo perciben
los amantes...
Me miras
desde tu blando capullo
al rozar
mi imperceptible dedo
el rincón donde gotea la noche
y alumbra tus dones
con gracias etéreas.

Tuesday, 30 June 2020

Île-de- France



Hemos anidado en ti
los cartógrafos aullantes
los que en destierro y en espasmos
danzamos con cangrejos
bajo gélidas estrellas.
Eres,
nuestra evocatriz de mármol
en quien buscamos la palabra antigua
como sedientos del consuelo.
Tus largos plumajes
de caliza a sotavento
caen sobre tus pétreos muslos
donde sostienes
a este aprendiz de lo imposible.
Todos te desean,
algunos como ramera de cine,
mientras otros
te queremos como musa.
París,
¿cuántos langskip vikingos?,
¿cuántas hachas sajonas y fusiles alemanes
habrán codiciado tu elegante salvajismo?
Venus de vidriosas aguas,
mi cisne enfermo de nostalgias,
corazón de todas las Galias
al norte de la Francia.
Islote navegante a solas,
mi lírida en topacios
de ambarino ensueño caminante.

Île-de-France,
las filosas lenguas de la pica
y las falanges bayonetas
intentaron devorar tu entraña monolita.
Saturada de fulgores
y de abriles cristalinos,
te deslizas en espejos de cian.
Con minucia y a detalle
redundantes cíclopes
te dedicaron fortalezas.
Te crecieron las espigas del futuro
entre hierros tubulares,
entre puentes
y silbantes nervaduras
izadas con glamour hacia los cielos.

Île-de-France,
en tus brazos espirales,
con turquesas en el Sena
nos inclinamos a beber
los desdichados
perdidos en vislumbres.
Por esos caminos
de leyendas empedradas,
en tus callejones de raudos amoríos
desperdigamos nuestra labia.
Los verdugos timbraron el cadalso
con ecos de otrora pálidos reyes
en Les Tuileries,
en La Concorde y en Versalles.
Cortaron la cadena de los reos en la Bastille.
Afilaron guillotinas seculares
entonando álgidas revueltas.
De ti, mujer etérea,
brota el canto de un pájaro nocturno
cuando marcha hacia la muerte.
Te mana un añejo aroma
de extravíos indescifrables.
En tu sacro corazón,
en tus torres y tu nombre,
los poetas encuentran sus hogueras
junto a adormecidas flores en relieve
y copiosos himnos agrietados.
Odas del pasado
que revives presurosa
cuando tejes porvenires.
Con delicia y con paciencia
maceraste lo inmortal
pintado en irrompible  porcelana.

Île-de-France, París,
te recuerdo como se recuerda
a la amante en el exilio,
con la vid entre los dientes,
y un destello en la botella;
con la virilidad
de mi pluma englobulada.
Te recuerdo,
con mis labios temblorosos
manchados de boreales ilusiones,
arrastrando mis cansados pies
desde el alba hasta el ocaso
en cada una de tus calles.
Explorando tus pequeñas aberturas
piedra bajo piedra
de palacios y murallas.
Te he palpado alegremente…
Los fuegos del invierno
inmersos en mi carne
aún persisten,
recordando la hermandad
de la ceniza con la nieve.

París,
me confiabas un secreto
por cada amanecer.
Atento te escuchaba y comprendías
mi mensaje ensimismado
al enviarme un gorrión entre listones,
como un pequeño niño ojialegre
hace mucho ya sin padres
a posarse junto a mis pies.
Me cobijaste tiernamente
con cada gramo de silencio adormecido.
Tus caricias las conservo,
tus maneras cortesanas
al tomarme de la mano
con la hoja siempreviva en tus jardines,
habitados por estatuas
y minúsculas criaturas.

Al subir tus catedrales
uno es viento, lluvia y hojarasca.
Es balastro incandescente
en las veredas de un altar arbóreo
del Buttes-Chaumont.
En Belleville conocí la dulzura de tu otoño
y tus mausoleos,
tus mercados multiaromas
de lácteos y cerezas.
Desde una buhardilla yo te contemplaba
con el gris de mis horas pasajeras
hasta ser acariciado por las moscas
en total arrobamiento.
Las aves eran flores con alas,
jugueteando en los hombros
de tenaces libertarios.
En sus mentes,
un enloquecido colibrí
zumbaba con mesura,
en cada libro abierto
de filósofo e ilustrado
conservados en humosas  bibliotecas.

A mí
me bautizó la nada en Saint Merri
una noche de versículos y enigmas,
con sus vientos guturales,
remojando mis oídos
en sonatas agridulces.
En suntuosos rosetones
las alabanzas recobraron su color.
Los vitrales medievales
me tatuaron las pupilas
de siervos, reinas y bufones.
Antes de que el polvo nos sepulte,
querida París,
y ya colmados por tanta noche,
dime sin titubeos,
¿a quién le debo esta eternidad
que surca por mi pecho?

Saturday, 30 May 2020

Andrajosa anda la muerte


Se eclipsará

cada luciérnaga maravillosa 

en las picas del salvaje trigo, 

en cada grano triturado,

hasta destazar el titilo de su luz.

Arrojará al mortero 

la liviana cordura que le sobra...

Porque 

andrajosa anda la muerte

queriendo tomar el hilo de su brazo.

Quebrará su insecta voz

lejos de la copa arbórea 

donde suele refugiarse.

Morirá de sed como el filósofo,

de una sed terrible de conocimiento.


Andrajosa anda la muerte 

y vendrá 

por cada luciérnaga perdida

en medio de la noche.

Thursday, 30 April 2020

La rotura

Es posible que la vida transcurra
fuera de mí,
que haya sido expulsada
por la garganta fría de una boa.
Es posible que me haya abandonado
como los gorriones
cuando dejan el nido desecho
por un granizo metrallado
desde arriba.
Me dejas desnudo aquí,
para ser espectro vigilante,
protector del caos,
un paciente anacoreta
en espera del derrumbe.
Soy esa rotura en la porcelana
que consterna a quien la mira
por sus intrincados centelleos
de relámpago hecho miniatura.
Me has dejado
al margen de una lápida
junto a un tulipan negro
y una flauta quebradiza.
Tirado en la orilla
de ese brevisimo oleaje
de los charcos arcillosos.
No soy un poeta,
soy una pluma que danza
mientras el rocío dispersa
su música inaudita.
Vida, te disipas
en la exactitud de la grieta
que se truena
abriéndose camino
dentro de mí,
pedazo a pedazo. 

Tuesday, 31 March 2020

Canícula

La primavera trajo
su canícula incendiaria,
su fuego crepuscular
que sentenció
a cada cabizbajo narciso
al encierro,
llevando en la frente
su testimonio de oquedad
a media sombra...
Del espejo les extrajo
el relamido escombro
de felino agazapado en un rincón,
mientras,
en rústico aislamiento,
ellos eran fustigados
por los rumores de lo oscuro .
Las piedras meditaban
a la orilla del asfalto,
en las serranías enclaustradas bajo el cielo
donde la perpetuidad del polvo
los reclama con su furia.
Tras las rejas de las casas,
celdas perpendiculares,
los cuerpos se agazaparon
como la uña rota,
como la roja herida,
temblorosos y pequeños,
irradiando sus pantallas en la palma
con aquella fantasía lejana
y los vestigios pesticidas
cosquielleando en la oreja 
del burgués,
haciéndole creer
que su permanencia es cierta,
que su vanagloria pesa,
siendo duradera,
sin haber demostrado jamás,
de manera fiel,
su mérito frente a los oráculos,
sin haber abandonado nunca
su porcino cuero
y el maquillaje cotidiano
que unta sobre el párpado.

Entre el agrio aliento de la peste,
estaban los otros.
Ningún temor sintieron
los que sabían que a su costado
se revuelca el infinito,
la sigilosa nada tras
el insistente grito del vacío.
Algunos le dimos la bienvenida
a las huestes del futuro,
a cada pulga infecta
y a cada diminuto óvulo
mercenario del silencio.
Así,
gato y hombre,
erguidos como la magra noche,
pasearon en su señoríos
de calma citadina
sobre esa perezosa oruga
queriendo salir del ataúd
y que ha dejado de comer 
por cuarenta y tantos días.
Ambos caminantes,
hombre y gato
esperan,
cautelosos,
a que la muerte
se evapore bajo el sol
al igual que la salada espuma
cuando los mares la disipan.

Hans Giébe
Pachuca, Hgo. 2020

Saturday, 29 February 2020

Biciesto ha nacido el tiempo

Bisiesto ha nacido el tiempo
y bajo el filo de la espina
una amorosa tuna lo contiene.
Alardean de su negrura
parvadas de tordos arroceros
y con su pico dan el doble tijerazo al alba...
las piedras meditan, susurran, carcajean a solas.

Un tembloroso sapo cayó, guijarro de carne endurecida cayó
desde la pendiente del cosmos.
Lo tocó una araña
que ha macerado su veneno
para domeñar los apetitos.

Al fondo de la caída,
piedra contra piedra frotaron sus rostros y nacieron los ídolos. No fue la palabra lo que reanimó los minerales, sino el infinito hartazgo de los minutos.

Hombre y piedra se consolaron
con el chasquido de sus filosos bordes.
Se escupieron garbanzos, lágrimas, segundos.
Imaginaron tiener el peso suficiente para balancear la tierra y no dejarla caer en el vacío.

Piedra y hombre se confiesaron su falsa plenitud, su gloria, y su eternidad hecha de hojarasca.
Pero el sapo, el tordo y la araña,
aturdos por tanto gorgeo, han abandonado los crepúsculos. 

Sunday, 29 December 2019

Corazón de viento



CORAZÓN DE VIENTO
                              
Con profunda admiración
                                          para el maestro, poeta y amigo
                                          Enrique González Rojo Arthur

Poeta es quien sostiene
un muro de luz en sus hombros
antes de que nos aplaste
con su luminoso estruendo.
Poeta es quien juega
con los perfiles de su sombra
y deja pasar a través de su pecho
las tímidas formas de lo oscuro,
y quien ha inventado
las siluetas de un fruto vocal
antes de morder con hambre
la frescura del durazno.

¿En qué desgastada órbita del átomo
se estará buscando el poeta
para volverse despiadadamente etéreo?
¿Por qué chirría su voz en este plano
como un leve rasguño
en el vidrio de los lagos quietos?
Hay una cicatriz incompleta
bañada de cuarzos peregrinos
en las memorias más añejas de su pluma.
Lo desbocan
en una anchurosa cascada de ilusiones.

El poeta mira y se pregunta
si los demás son capaces
de llenarse a sorbos con el sol de la mañana,
o de bañarse con la luna
en los campos del silencio.
Nadie tiene la fehaciente prueba de vivir
si no es por la contundencia 
del aleteo de un colibrí extasiado 
de arcoiris en sus manos. 
Uno es de donde el corazón se arraiga,
pero el corazón del poeta no se separa del viento.
Es una tenue cascabilla
que desde el aire avizora
las tragedias de los beodos,
de esos que no saben
cómo desprender sus pies
del lodo ambiguo de sus nombres
y se polvean la nariz mirando abajo,
a los charcos temblorosos de las calles.
En ese acantilado de quimeras fluorescentes
y fétidos neones
donde se regocijan tan insomnes
en hamacas disolutas.
 
Después de que los olmos
se llenen de canas doradas, angulares,
el árbol envejecerá de la mano del poeta,
para jamás dejar que su hueso
se quebrante a solas,
o que el tiempo,
reanude su ritual caníbal.
El poeta se añeja con poesía
y retoma la sacra primavera
cuando quiere regresar
al momento lúcido de infancia,
gloriosa de tanto color sobre las flores,
encendidas por un astro adolescente.

Al poeta no le importa
si el índice de Zeus con sus voltios
lo inocula con su fuego,
o que XipeTótec lo desolle a pausas
con la daga negra al final de su muñeca.
El bardo deja que Láquesis
le deshebre sus horas
tan dulcemente sustentadas,
como el pasivo gorrión oculto entre la malva.

De no ser por el don de los poetas
que desde su piel inalterable
nos guían por el sendero de lo real,
todo lo etéreo, desde su transparencia,
dejaría que las cosas
nos parecieran una miga inacabada.



                            - Hans Giébe
                               CDMX, 27 de diciembre 2019