martes, 9 de abril de 2024

EL TRIÁNGULO DEL HAMBRE (silva)

.                       Lectura en el Museo de la Memoria Indómita, CDMX

¡Oh, roja Palestina!,

¿es acaso la guerra 

una muesca interminable del odio?

¿Acaso es el fusil

el diestro espolón de una rabia huera 

que aún no termina de asentarse hondo 

en nuestros corazones?

¿Qué habrá sido de aquellos buenos dones

con los que bien jugaban nuestros padres

que por hogar tuvieron frías cuevas 

y raían el músculo bisonte 

con su benevolencia

esperando el estruendo de lo inerte? 

¿Quién trajo el odio, quién?

¿Quién hundió al mundo en tanta podredumbre?

¿Sangre en vez de vinagre,

cruel y proterva la mano del hombre?

¿Rojizo es ese triángulo del hambre?

¿Quién mantiene asfixiada a Palestina

bajo la ira y el dolor?

¡Oh, negra Palestina!  

el karnyx vocifera un viejo caos 

muy propio de las plagas de Occidente,

moscardones de muerte,

alaridos y espiga 

que en su solemne velatorio instigan 

a hundirnos en las brasas.

A los por qués de un niño

cuando sádico el mundo lo fustiga 

con brutalidad e ira.  

¡Resiste Palestina! 

y recuerda aquellos hijos de Kush

a los fieros Hachemí y los Omeyas

que se encomendaron a las estrellas 

para derrotar al ser de la nada

y la esa infesta herida compartida,

semíticas estirpes,

mientras una manada

de ensangrentada encía y de ritual 

resuella en la matanza y los escombros.  

¡Oh, verde Palestina!,

no tengo minutero

para medir las dagas que resistes, 

yo miro la longitud de mis uñas

y el pico roto de las horas tristes

dentro de esta gran jaula

de zozobra y de furia. 

¡Ya cuéntame del fuego!

¿Qué hay de esa bella alfombra en llamaradas  

que pisan los poetas?

¿También fundaron reinos bajo tierra

donde todo reverdece en oasis

ausentes de grilletes y cadenas?

Libertario el poeta 

contra el desdén, el ego y la codicia

del que hurta los zapatos del cadáver

y el dedo en el revólver

lanzando sus misiles de malicia 

sobre ese grueso muro de las penas 

en donde se consuman genocidios. 

¡Oh, blanca Palestina!,

el desierto es tu maestro y refugio, 

un resguardo y una casa bajo el sol, 

tu hogar y tu coraza.

El día en que mis huesos incendiados 

ofrezcan a la mar 

su calcio dominante a los abismos,

caerá el sacro dron y su sionismo, 

todos los buitres broncos

con sus alas y cuellos fracturados

a la orilla de las agrestes dunas. 

Cierto es que eternidad hay en la pezuña,

en la doliente carga de la bestia,

eternidad de polvo acurrucado. 

Divinidad hay en esa luz que cruza

los pueblos enclavados 

en esas montañas que el viento abraza, 

y porque tan cierto es,

que a la par de los rústicos sepulcros, 

indoblegables nacen nuestras flores.