Hans Giébe, autorretrato
Los poetas abisales
son luciérnagas con marcas,
peces que de la oscuridad hicieron
su malecón inconquistable.
Con rasguños rajaron
la pared de su mazmorra,
el grosor del escombro en la palabra
y la cobija vitelina del ovoide.
Conocieron la música antes que las aves,
el aroma de los cirros del poniente
y el añil de lo profundo.
Vislumbraron
el deslave de la geometría
con su dedo índice en la arena.
Dibujaron su propio rostro
al compás de la espuma entre las olas.
Solo los poetas abisales
le han hecho el amor a la luna
con sensual violencia.
Son fragua de sí mismos
en la que recrean la astronomía
los ungidos en amonio.
Solo ellos conocen
el momento justo
para desprender el fruto de la rama
mucho antes de caer al pudridero.
Antes de que hubiera videntes
hubo poetas abisales.
Mucho antes de que hubiera druidas,
reyes, tlatoanis, profetas o alquimistas,
hubo uno solo venido del abismo
que aventajaba a todos
en premonición.
Era un caminante
de caminos rústicos
a paso lento propagaba su paciencia
paciencia que es doctrina del abismo.
Viajaba cuesta abajo como arroyo
pepenando las moronas de la luz
antes de incendiarse e izar
su diminuta linterna.
Trifosfato suficiente en chispa,
su tercer ojo
para delimitar su presencia
de la vasta oscuridad.
Alados son esos poetas
para acoplarse al aire.
Una memoria que se diluye
en otra memoria
como hologramas de niebla.
El poeta abisal
desama a su prójimo
con la intensidad que se merecen,
porque un ciudadano promedio
equivale a un rastrero del infierno
o al perro guardián de la oficina
donde terminan succionando
la melaza de los sueños.
La doctrina de los abisales
es el temprano,
la rigidez de la florita
al triturar uña contra uña
la odiosa pulga de su almohada.
Algunos dicen
que su patria es Mitilene,
otros que Palenque.
En su clavícula que es balanza
hay un pequeño Atlas
que carga sobre el hombro
un sol chapeado de rubíes.
Abogan por el hierro
que deambula entre sus venas
y ese olor a tierra
y a electrón ahumado
en la comisura del herraje.
Los poetas abisales
cargan a su majestad el dolor
como una tortuga
con el corazón despostillado
en el filo de las rocas.
Su escenario gira y gira,
se arremolinan sus palabras,
tiritan y se enroscan en su mente
al igual que un ser pequeño.
Allá,
en las faldas del horizonte
ellos timbran los bambúes
y las finas telarañas del zacate.
Maldicen el aire
que no musita sus vocales
que se hacinan en su lengua.
La contemplación les viene
sin necesidad del floripondio
o la ayahuasca.
Su casa la comparten con los colibríes.
En los viajes,
¿quién quedará más desgastado?
¿El mísero mundo y sus mutaciones
o los poetas abisales,
¿Quizás el caucho de sus ruedas
o los tirantes de su mochila?
Cuando sus voces ya no retumben
esos poetas ofrecerán
a la noche con su sémola
un jugoso fruto en medio del asfalto
y cierta teología luminiscente
con los tambores de su furia
atravesando las montañas.
Los poetas abisales
han llevado sus versos
a la cima del teocalli,
al trono rojo de tezontle
que al final del glorioso sendero
se elevan del tepetate
y transitan
los variados nombres.
Ninguno
con la suficiente argamasa
para permanecer junto a su nombre.
Ninguno digno y elevado.
Ese tipo de poeta
es un espigador de signos,
el primero en incrustar la navaja
en el vientre de cada letra
para salvarse a sí mismo
o en pasar por su garganta
el filoso brillo para culminar su viaje.
Ellos cultivan la depravación
y la liberad suprema
de no rendirle cuentas al destino.
Yo conocía un poeta del abismo,
uno que nació y murió
un día como hoy,
fugaz como la bruma,
dichoso
como una luciérnaga
al caer la noche.
