miércoles, 31 de diciembre de 2025

LOS POETAS ABISALES



                             Hans Giébe, autorretrato 


Los poetas abisales

son luciérnagas con marcas,

peces que de la oscuridad hicieron

su malecón inconquistable. 

Con rasguños rajaron 

la pared de su mazmorra,

el grosor del escombro en la palabra

y la cobija vitelina del ovoide.

Conocieron la música antes que las aves, 

el aroma de los cirros del poniente

y el añil de lo profundo.   

Vislumbraron 

el deslave de la geometría  

con su dedo índice en la arena.

Dibujaron su propio rostro

al compás de la espuma entre las olas. 

    

Solo los poetas abisales

le han hecho el amor a la luna

con sensual violencia.

Son fragua de sí mismos 

en la que recrean la astronomía 

los ungidos en amonio.  

Solo ellos conocen 

el momento justo

para desprender el fruto de la rama 

mucho antes de caer al pudridero.


Antes de que hubiera videntes 

hubo poetas abisales. 

Mucho antes de que hubiera druidas, 

reyes, tlatoanis, profetas o alquimistas, 

hubo uno solo venido del abismo 

que aventajaba a todos 

en premonición.

Era un caminante 

de caminos rústicos 

a paso lento propagaba su paciencia 

paciencia que es doctrina del abismo. 

Viajaba cuesta abajo como arroyo

pepenando las moronas de la luz

antes de incendiarse e izar

su diminuta linterna.

Trifosfato suficiente en chispa, 

su tercer ojo 

para delimitar su presencia

de la vasta oscuridad.  


Alados son esos poetas 

para acoplarse al aire.

Una memoria que se diluye 

en otra memoria

como hologramas de niebla.  

El poeta abisal 

desama a su prójimo

con la intensidad que se merecen,

porque un ciudadano promedio  

equivale a un rastrero del infierno

o al perro guardián de la oficina 

donde terminan succionando 

la melaza de los sueños. 


La doctrina de los abisales 

es el temprano, 

la rigidez de la florita 

al triturar uña contra uña

la odiosa pulga de su almohada.

Algunos dicen 

que su patria es Mitilene,

otros que Palenque. 

En su clavícula que es balanza 

hay un pequeño Atlas 

que carga sobre el hombro

un sol chapeado de rubíes. 

Abogan por el hierro 

que deambula entre sus venas

y ese olor a tierra 

y a electrón ahumado

en la comisura del herraje. 


Los poetas abisales 

cargan a su majestad el dolor 

como una tortuga 

con el corazón despostillado 

en el filo de las rocas. 

Su escenario gira y gira,

se arremolinan sus palabras,

tiritan y se enroscan en su mente

al igual que un ser pequeño.  


Allá, 

en las faldas del horizonte

ellos timbran los bambúes  

y las finas telarañas del zacate.

Maldicen el aire 

que no musita sus vocales

que se hacinan en su lengua. 

La contemplación les viene 

sin necesidad del floripondio

o la ayahuasca.

Su casa la comparten con los colibríes. 


En los viajes, 

¿quién quedará más desgastado?  

¿El mísero mundo y sus mutaciones 

o los poetas abisales,

¿Quizás el caucho de sus ruedas

o los tirantes de su mochila?

Cuando sus voces ya no retumben

esos poetas ofrecerán 

a la noche con su sémola 

un jugoso fruto en medio del asfalto 

y cierta teología luminiscente

con los tambores de su furia 

atravesando las montañas. 


Los poetas abisales 

han llevado sus versos  

a la cima del teocalli,

al trono rojo de tezontle

que al final del glorioso sendero

se elevan del tepetate  

y transitan 

los variados nombres.

Ninguno 

con la suficiente argamasa 

para permanecer junto a su nombre.

Ninguno digno y elevado.


Ese tipo de poeta

es un espigador de signos, 

el primero en incrustar la navaja 

en el vientre de cada letra

para salvarse a sí mismo

o en pasar por su garganta 

el filoso brillo para culminar su viaje. 

Ellos cultivan la depravación

y la liberad suprema

de no rendirle cuentas al destino. 

 

Yo conocía un poeta del abismo,

uno que nació y murió 

un día como hoy,

fugaz como la bruma,

dichoso

como una luciérnaga 

al caer la noche.

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