Saturday, 8 October 2016

Maceriae la ciudad de los bardos (1/3)

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Maceriae
la ciudad de los bardos
(1/3)


        Había llegado desde el sur de Bélgica, aquel día de lluvia que tenue se agolpaba en mis mejillas, capturando una soledad cotidiana que exhalaban los bosques y las flores. Se respiraba un olor a yerba y húmeda hojarasca que cubría esa lejana provincia de las Ardennes. Después de una estancia en Bruselas y Charleroi, soportando ese tosco lenguaje con un acento mestizo entre el neerlandés y el francés, por fin cruzaba la frontera para encontrarme en el país que tanta delicada luz ha dispersado en el mundo: Francia. Desde hacía años, desde aquella juventud primera y ardorosa, yo ni siquiera hubiera imaginado ese viaje que realizaría hacia un templo dedicado para bardos y bohemios. Buscaba una ciudad que se había construido alrededor de un mito que la poesía había edificado en el viento, alrededor de un jovial misterio hecho carne al que la naturaleza le había obsequiado el mayor de los dones cuando expulsaba de su voz ciertos fuegos indecibles. Él, más que un poeta, se llamaba a sí mismo un Vidente.
      Maceriae era el nombre de esa ciudad. Fue un asentamiento romano a orillas del río Meuse que aún conecta con el furioso y grisáceo Mar del Norte; también fue línea divisoria en la época de Carlomagno hacia el 843 para fijar el occidente de la Francia y el resto del Sacro Imperio Romano-Germánico. El escudo de armas de la ciudad fue diseñado con una letra capital amarilla y con dos rastrillos de oro sobre un fondo rojo. Más de un siglo, por allá del Cinquecento, fue dedicado a construir una iglesia para Nuestra Señora. En 1521, Bayard defendió la ciudad contra las invasoras tropas imperiales de Carlos V. La nueva iglesia d´Etion, con su rectángulo alargado hacia los cielos, como una pieza de dominó petrificada, alguna vez, en la Edad Media, fue una pieza incendiada por el conde de Nassau en una de tantas reyertas por el territorio.
         Mi abrigo negro, largo hasta las rodillas, mi cabello suelto, y esos zapatos de piel alemanes que soportaron mis andanzas por la antigua Aquisgrán, entraron solemnes, contraviniendo con el suavizado ocre-naranja de las piedras que gráciles se elevaban al cielo como un muro inamovible. Entré por la fuente del duque de Gonzague, inseparable de su montura, que en posición ecuestre me decía “avanza”. Conforme caminaba hacia el lugar de los monumentos y las joyas que las letras nos han conferido, los enormes edificios del más delicado estilo francés se abrían simétricamente con sus arcos para dejarme pasar. Yo, atónito, fuera de sí, apenas sintiendo mis pies atraídos por la gravedad y mirando boca arriba los blancos ventanales que se adentraban hacia las persistentes nubes, parecía avanzar como una fumarola. Algunas personas con sombrilla en mano miraban los aparadores en una pose ridícula; aún la mayoría de la gente de esa ciudad conserva orgullosa su lengua y su fisonomía galaica. En el centro de La place Ducale estaba un enorme y estático carrusel, con tímidos caballos de porcelana casi de tamaño natural y de diversas razas, simulando un alargado salto que se ha congelado al igual que sus relinchidos insonoros saliendo de sus hocicos perfectamente barnizados. Sin viento, sus crines se desplegaban como abanicos capilares. La circunferencia de ese bello carrusel y una modesta fuente en el centro, contravenían deliciosamente el orden cuadricular de los palacios.
       Seguí avanzando hasta el otro lado de la enorme plaza donde había una pequeña torre rematada con un reloj que marcaba las dos y cuarto; debajo de ese monolito consagrado al tiempo, unas mesitas rojas esperaban relajar aún más el ocio de los visitantes con una copa de vino. Entonces, miré a la derecha, y una especie de túnel artificial hecho por la terminación romboide de los tejados con sus discretas buhardillas, dejaba ver al final la fachada de un viejo molino en el que fueron depositadas las reliquias del Vidente. Autos de plateado chirriante interferían en mi travesía, pero por fortuna, la calle no era obstruida por la turbamulta y las puertas de arce entintadas, y los cerrojos y las chapas, parecían irradiarme cierta alegría.
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