Tuesday, 5 May 2015

Tina Modotti y Edward Weston

Vozabisal
                    por Hans Giébe

La cámara es mejor que el ojo

 Tina Modotti y Edward Weston




     Hace unos días visité la exposición fotográfica de Edward Weston y Tina Modotti recientemente inaugurada en el Museo de Arte Moderno (MAM) que se encuentra adentro de la fronda siempreviva del Bosque de Chapultepec.
     Hacia 1966 se ofreció en el Museo de Arte Moderno la obra de Weston, y en 1995, parte de los trabajos impresos en plata aglutinante de Tina Modotti. El norteamericano fue maestro y precursor del talento visual de Tina Modotti, sin menoscabar el estilo propio de la italiana. Fueron complemento en cuerpo e ideas, y se percibe en sus fotografías un vínculo de sensibilidad. No se ve una relación frívola entre modelo y fotógrafo, y mucho menos una relación meramente sensual y erótica entre maestro y discípula. Se percibe el auténtico cariño de ambos por una labor creativa y por el gozo de un acompañante del sexo opuesto que comparte una visión común frente a la vida. Si fue amor – considerando la palabra “amor” como todo acto de creación-, entonces Tina y Edward estaban enamorados uno del otro, y sin dejar a un lado el amor que desarrollaron por el México posrevolucionario.
    Al respecto de esta relación, José Emilio Pacheco, apuntó hacia el año 1979: “El intercambio fue absoluto, pues gracias a Weston el talento de Tina encontró los cauces adecuados para expresarse. Ellos fundaron la fotografía moderna en México y descubrieron a Manuel Álvarez Bravo y a Gabriel Figueroa. El muralismo fue conocido en todas partes por medio de las fotos de Tina.”
     Tina Modotti nació en Udine, Italia, en 1896 y murió en México en 1942; y Edward Weston en Chicago hacia 1886, y falleció en California en 1958. Venían del norte, del otro lado del endeble muro que hoy en día exhibe la mediocridad de las fronteras y la estrechez mental de algunos dirigentes. En ese entonces, en la década de los veinte, para los extranjeros México era un país extraído del sueño más surrealista de los primeros seres. Era el momento de la calma después de una Revolución que terminó por reafirmar identidades extraviadas, razas ocultas tras la serranía y los desiertos, una identidad nacional maltrecha que retomaba una fuerza inusitada. El inicio del renacimiento mexicano a través del muralismo y sus más grandes exponentes.
      Para Modotti y Weston, México era un cofre abierto de imágenes y personajes. La muestra reúne 67 imágenes lejanas ya del pictorialismo que se caracteriza por las atmósferas nebulosas, siluetas etéreas y una luz difusa –a manera de imitación a las obras de los impresionistas-. Abundan los retratos, los enfoques sobre las manos (como algunos estudios al óleo de Rafael y Da Vinci), desnudos, y hasta sencillos montajes de naturalezas muertas.
      Al inicio del recorrido hay una frase de Weston que me atrajo: “La cámara es mejor que el ojo.” En aquel entonces surgió un debate: si la fotografía pertenece al arte o no. Pues los retratistas y paisajistas, con su talento innato e incontables horas de práctica, se sintieron desplazados por los augurios de la tecnología tras la lente. Voy a defender a la pintura frente a la fotografía, aunque ésta bien se haya ganado un lugar en las expresiones gráficas, ya que en mis venas aún deambula una sombra con pincel en mano y una paleta llena de colores.
     No considero a la fotografía dentro de las artes finas, pues interfiere una máquina en la elaboración de la imagen. No considero al cine dentro de las artes elevadas por las mismas razones. El cine se ha vuelto un platillo de fácil digestión para las ociosas masas. Dentro del recorrido me vino una idea a partir de la pregunta que se le hizo a Tina Modotti, la cual inquiría en saber si ella consideraba sus trabajos como arte. Modesta y cautelosa, respondió: “Tan sólo soy una fotógrafa.” Es por eso que me atraparon las fotografías de ambos creativos, en especial una donde capturaron a Nahui Ollin.
     Contra los fotógrafos y cineastas de medio rango, contra los improvisados y bufones, se me ocurrió la prueba del Carbono´15, la cual consiste en colocar un trozo de carbón común y corriente, el material más ordinario, frente al sujeto puesto a prueba. Si puede escribir un exquisito poema, dibujar con precisión un retrato o paisaje, esbozar un complejo arquitectónico inigualable o anotar las novedosas claves de una melodía en forma original, irrepetible, única y sublime, entonces bien puede llamársele artista.
      En esta era donde las máquinas están ganando terreno, donde los productos masivos y las artesanías populares abundan tanto como los histriones, un simple trozo de carbón puede ser la diferencia entre el talento dotado de genio y un producto más en el mercado resultado de las peripecias tecnológicas y mediáticas. Jamás una lente sin vida será mejor que el ojo agudo del auténtico artista. Jamás.


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