Wednesday, 8 April 2015

Andréi Tarkovski

Vozabisal
                     por Hans Giébe


Andréi Tarkovski
Un clarividente en el cine


ESCENAS que ralentizan encuadres hasta lograr un efecto de obra pictórica, un paisaje, un retrato. Se atreven a provocar la inmovilidad sin dejar la secuencia. A veces la música de fondo nos persuade de que el rollo de película sigue corriendo aunque la imagen se vea congelada.
    El cineasta nos recuerda la infancia y nos coloca con una serie de fotogramas de la época dorada, al lado de un perro, una mascota, recreando el hogar con la figura de una madre tras la ventana. Llueve y los árboles reciben con sus diminutas lenguas verdes el golpeteo de las gotas… al fondo una casa arde, está en llamas bajo el diluvio. La escena es evocadora. La madre del poeta y el poeta en plena infancia miran cómo se consumen en fuego aquellas paredes de madera justo bajo el ballet de la lluvia.
     Tarkovski es un obseso de las escenificaciones acuosas y de los objetos que se reflejan en el agua. En la mayoría de sus filmes el agua no es un elemento pasivo, más bien, tiene un protagónico sobresaliente. Este elemento germinador de vida participa del guión general. Si se observan con detenimiento, los charcos, los ríos, la lluvia, los vados, los manantiales y el mar, tienen incluso una personalidad bien definida. El chasquido de un chopo es el chasquido de una palabra que el director hace visible al espectador. En el film biográfico Un poeta en el cine, se ve cómo inaugura el diálogo con el reflejo de la luna en una simple charca. La imagen del astro cercado por los dobleces de la luz que producen los temblores de las ondas es ya el primer discurso poético que el director mantendrá con el espectador.  
     “Transfigurando el abecedario humano”, Tarkovski se involucra a fondo con el argumento, lo padece, se lleva la mano a la cabeza en grávido gesto. Se envuelve así mismo con los actores, instruyéndolos en la pose exacta para cada acto. En el documental de 1988, donde Andréi expone algunas ideas extraídas de su largometraje The Sacrifice y de su libro Esculpting in time. Hay una primera escena donde aprecia el trabajo minucioso con cada cuadro que se girará a 24 por segundo en la pantalla grande. Recrea la historia de un monje ortodoxo llamado Pamve quien plantó un árbol al estilo ikebana japonés. No es estrictamente un árbol, es una rama seca a la que su pupilo Ivan Kolov riega prometiendo a su maestro seguir haciéndolo todos los días hasta que esa rama seca resucite. La constante simbología del árbol se aprecia a lo largo de sus últimos trabajos. Al igual que el agua, es un símbolo potente que sabe explotar con hondura y agudeza manipulando el tiempo como los magos. Film is a mosaic of time”, dice el cineasta.
     Muchas veces dependía de un traductor del ruso, su lengua materna, para darse a entender en otros idiomas como el inglés, el sueco o el italiano. Fue hasta 1983, tres años antes de morir de cáncer, cuando se fue definitivamente de la ex Unión Soviética debido a la constante vigilancia del gobierno. La especial manera de un creativo para expresar y exponer su particular visión del mundo, se hace constar en algunas frases como la siguiente: “Tengo una relación contemplativa con la realidad. No pienso en la realidad, trato de percibirla.” Y toda esta idiosincrasia la graba en cada toma.
     Andréi Tarkovski Fue parte de la transición del formato en blanco y negro al color, incurrió en la ciencia ficción (Solaris y Stalker) para concluir su guión con El sacrificio. A manera de voto personal considero Nostalghia como el trabajo que mejor explota las cualidades únicas de este director ruso. La fotografía, la trama, y los acercamientos de tomas son casi insuperables. La escenografía italiana, destacando los termas de la época de Caracalla y la exquisita arquitectura romana, culmina con una toma enfocada en una escultura ecuestre donde un actor –meramente un pazzo- exclama: “¡Hombre, escucha! Agua, fuego, después, la ceniza”, para concluir su discurso derramándose un balde de combustible y luego prenderse fuego frente a la audiencia.
     Bastan unos minutos en el celuloide para comprender esta aseveración que revela una de las convicciones del director: “El propósito del arte es ayudar al hombre a mejorarse así mismo espiritualmente.” Con Tarkovski todo juega un papel determinante, incluso la grieta de ese grueso muro a espaldas de una niña que mantiene un diálogo con un hombre de saco largo arrastrado en las aguas cristalinas de esas ruinas del imperio romano. Él le pregunta (en italiano) “¿Estás contenta?”, y ella responde “¿de qué cosa?”, y el hombre con un trozo de cigarro en la boca y con un semblante de extravío concluye, “…de la vida”.




 Nostalghia, por Andréi Tarkovski (1932-1986)

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